jueves, 21 de mayo de 2015

Advertencia: La Jett se pone melosa

Hoy, un lunes como cualquier otro, mientras barría frenéticamente el patio (porque eso hago cuando estoy enojada/inquieta, me desahogo limpiando), me di cuenta de que para estas fechas me estaba enterando de que sería hermana de una pequeña criaturita llamada Emma, que si me permiten decirlo (y si, quien me lo va a prohibir ¿no?) siempre lo tuve como nombre de mascota, porque me recordaba a mi perra, y si, un poco feo decirlo, pero bueno, es lo que yo pienso, no tengo porque negarlo...
La cuestión es que hace un año aproximadamente, cuando me enteré de esta noticia, no lo tomé de la mejor manera ya que mi relación con mi viejo no era precisamente la mejor, no es que alguna vez hayamos sido inseparables, pero digamos que estábamos, lisa y llanamente como el orto. Recuerdo haber estado enojada, de haber llorado de bronca, pena y tristeza por el simple hecho de que nunca iba a poder verla, de que me iba a perder verla crecer dentro de la panza, sentir sus pataditas, darle de comer, cambiarle los pañales y esas pequeñas cosas que disfrute de mis otros dos hermanos, más de mi hermano que de mi hermana porque tenemos un año de diferencia (pero ese no es el punto).
Pasaron los meses, yo rendí las materias que me quedaban del secundario (las aprobé putas :D ) y justo el día que había rendido 2 de esas 3, tuve un accidente (nada grave, solo unos moretones y rasguños, pero fue un momento terrible) del cual mi viejo se entera y decide hablar con mi hermana por whatsapp para ver que había sucedido, a partir de ahí hablamos algunas veces esporádicamente y para fin de año decidí que era un buen momento de reencontrarnos y aclarar las cosas, así que la tarde del 31 de diciembre, con muchos nervios y expectativas me dirigí a la casa de mi abuela, donde sabía que iba a estar. Ahí me reencontré con mi abuela, nos pusimos a charlar, nos actualizamos, tomamos mates, y luego de un rato me entero que estaba llegando con su pareja y mi hermanita y todos esos nervios que daba por disipados volvieron a mí con más intensidad que antes. Claramente no, no iba a cagarme y volver a casa, ya había ido, así que me la banqué como una lady y dije “ya fue, va a ser lo que tenga que ser”. Me quedé unos minutos más encerada en la que alguna vez fue mi pieza (y que ahora, por cosas de la vida, volvió a serlo) con la intención de calmarme, de recobrar la compostura y por sobretodo, para no llorar.
Escucho que llegan, sus voces, el traqueteo de los bártulos y mis nervios se acrecentaron como si estuviera a punto de rendir en el colegio; se me hizo un terrible nudo en la garganta y sentía el estómago revuelto, así que en un intento desesperado por tranquilizarme, respiré profundo una… dos… tres… y cuatro veces y salí al patio con mi mejor sonrisa al grito de “hola, llego por quien lloraban” (si, una pelotudez, pero funcionó para romper el hielo). De pronto se hizo un silencio de iglesia, las risas de sus rostros pasaron de muecas de asombro al llanto, yo sin entender, sin saber como reaccionar, me acerqué con cautela y como si fuera una nena otra vez, corrí a los brazos de mi papá en busca de sus abrazos asfixiantes pero llenos de una ternura inconmensurable, que solo él sabe dar. Lo vi llorar por segunda vez ( la primera fue cuando nos fuimos de la casa de mi abuela y mientras lo escribo lo recuerdo con claridad y siento esa punzada en el estómago que solo te da ese recuerdo que te parte el alma) pero esta vez fue de felicidad, lo cual me alivió de sobremanera, luego vi a Sandra, el gran amor de mi viejo que aunque me cueste admitirlo, es la verdad, la ama casi tanto como a River, así que imaginate… la abracé también y por último el plato fuerte: Emma. Nunca pensé que una gorda yegua de 3 meses (en ese momento, ya casi va por el octavo) me iba a poner tan, pero tan nerviosa… así que ellos leyéndome la mente, me acercaron el cochecito donde ella estaba muy panchamente acomodada y la vi, nuestros ojos se encontraron y nos miramos como si nos conociéramos de toda la vida, como si ella me hubiese reconocido y en ese momento, no recuerdo quien dijo “Emma, esta es tu hermana mayor Agustina”. Ella, como entendiendo aquello que le dijeron, me dedico esa súper sonrisa que me derritió el corazón y me llenó el alma de paz. Me olvidé de todo, de los nervios, de la bronca, de mis preocupaciones y sin saber que hacer me preguntaron si quería tenerla en brazos, yo asentí, porque no podía hablar, de golpe me quedé muda (increíblemente, es muy difícil dejarme sin palabras) y una vez en mis brazos la abracé con ganas de no largarla nunca más, ella se acurrucó en mi pecho, se puso cómoda (como si fuese una cama de golpe jajaja) y cuando el momento hubo pasado, las risas volvieron, todos hablaron unos encima de otros, recordamos viejas anécdotas y pasamos una buena noche llena de armonía y paz.
A día de hoy, soy una hermana mayor híper mega archi re contra babosa de la enana y feliz de saber que tengo tres hermanos que me quieren y yo a ellos, porque al fin y al cabo, son mis hermanos, con los que me peleo, puteo y vuelvo a putear, pero nadie y repito NADIE más que yo sabe cuanto los adoro y todo lo que soy capaz de hacer por ellos. Porque ellos me hacen felices, día a día, sin saberlo o por lo menos, sin ser conscientes de hacerlo. Porque ellos me van a acompañar el resto de mi vida, cuando mis viejos ya no estén más y porque, como dice mi vieja “siempre van a ser mis bebes” aunque estén todos arrugados como pasitas de uvas, mis bebes, al fin y al cabo...

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